Una de las grandes cosas que me ha pasado últimamente es haber reencontrado la lectura de Antonio Gramsci. Llegué nuevamente buscando profundizar en el concepto de hegemonía, central para pensar los procesos políticos. Particularmente intentando buscar nuevos enfoques al itinerario de las izquierdas latinoamericanas en estos últimos tiempos turbulentos.

Gramsci no fue solo un notable teórico y dirigente revolucionario. Fue un perspicaz y sensible interprete de la realidad que le tocó vivir, que deja además la sensación de que se encontraba adelantado a su tiempo. La vigencia y actualidad de su obra son testimonio de esto.

Hoy quiero citar uno de sus textos que aborda el año nuevo como parte de esa obsesión humana por controlar, moldear o encapsular el tiempo. Creando ciclos y rituales que van moldeando la cultura y las relaciones sociales que esta conlleva, en los cuales no siempre nos vemos reflejados.

Y de entre las innumerables obras que abordan el tiempo como tema quise además, agregar esta enorme obra de Cabrera, 100% música y 100% letra como él lo sabe hacer.

Cada mañana, cuando me despierto otra vez bajo el manto del cielo, siento que es para mí año nuevo. De ahí que odie esos año-nuevos de fecha fija que convierten la vida y el espíritu humano en un asunto comercial con sus consumos y su balance y previsión de gastos e ingresos de la vieja y nueva gestión.

Estos balances hacen perder el sentido de continuidad de la vida y del espíritu. Se acaba creyendo que de verdad entre un año y otro hay una solución de continuidad y que empieza una nueva historia, y se hacen buenos propósitos y se lamentan los despropósitos, etc., etc. Es un mal propio de las fechas. Dicen que la cronología es la osamenta de la historia; puede ser. Pero también conviene reconocer que son cuatro o cinco las fechas fundamentales, que toda persona tiene bien presente en su cerebro, que han representado malas pasadas. También están los año-nuevos. El año nuevo de la historia romana, o el de la Edad Media, o el de la Edad Moderna. Y se han vuelto tan presentes que a veces nos sorprendemos a nosotros mismos pensando que la vida en Italia empezó en el año 752, y que 1192 y 1490 son como unas montañas que la humanidad superó de repente para encontrarse en un nuevo mundo, para entrar en una nueva vida.

Así la fecha se convierte en una molestia, un parapeto que impide ver que la historia sigue desarrollándose siguiendo una misma línea fundamental, sin bruscas paradas, como cuando en el cinematógrafo se rompe la película y se da un intervalo de luz cegadora.

Por eso odio el año nuevo. Quiero que cada mañana sea para mi año nuevo. Cada día quiero echar cuentas conmigo mismo, y renovarme cada día. Ningún día previamente establecido para el descanso. Las paradas las escojo yo mismo, cuando me siente borracho de vida intensa y quiera sumergirme en la animalidad para regresar con más vigor.

Ningún disfraz espiritual. Cada hora de mi vida quisiera que fuera nueva, aunque ligada a las pasadas. Ningún día de jolgorio en verso obligado, colectivo, a compartir con extraños que no me interesan. Porque han festejado los nombres de nuestros abuelos, etc., ¿deberíamos también nosotros querer festejar? Todo esto da náuseas.

Espero el socialismo también por esta razón. Porque arrojará al estercolero todas estas fechas que ya no tienen ninguna resonancia en nuestro espíritu, y si el socialismo crea nuevas fechas, al menos serán las nuestras y no aquellas que debemos aceptar sin beneficio de inventario de nuestros necios antepasados.

Antonio Gramsci, 1ero de enero de 1916