Para muchos de los que nacimos en el declive de la dictadura el Frente Amplio significa, entre otras cosas, una vocación profunda por la libertad y los cambios. Aquella irrupción desbordante de compromiso y alegría emergía desde el dolor para proyectarse a un gran futuro, para los frenteamplistas y para la sociedad toda.

Ese empuje de la recuperación democrática, junto al de los fundadores del 71, más el de quienes nos fuimos sumando al trabajo político a lo largo de la post-dictadura, permitió cimentar un camino de transformaciones que hoy, y desde hace ya 11 años, se puede expresar desde el gobierno nacional.

Cada una de las etapas transitadas insumió de cada frenteamplista cuotas muy altas de sacrificio, trabajo, discusión, construcción. No pudo ser de otra forma en una fuerza que siempre asumió el desafío de pensarse y hacerse de forma colectiva.

Hoy ante un nuevo 26 de marzo el presente es más desafiante que nunca. A no ocultarlo; no es un buen momento. Las manifestaciones de esto son bastante visibles y alimentan una conclusión que varios venimos postulando: tenemos la necesidad imperiosa de revisar el vínculo del Frente Amplio con la sociedad uruguaya. Ésta, como toda relación humana, debe revitalizarse al influjo de los cambios que transcurren con el tiempo, ya que de no hacerlo se expone inevitablemente a debilitarse.

Una parte importante de esta situación está ligada al hecho de que en estos últimos años hemos padecido una hipertrofia de la discusión en torno a la gestión del gobierno. ¡Y vaya que ésta ha sido importante para la sociedad uruguaya! Basta ver y reconocer las transformaciones en el Estado como institución y en el país en su conjunto, a partir de los resultados de las políticas públicas implementadas. Pero como contrapartida hemos descuidado el Frente movimiento y con ello la función de escucha a las demandas, necesidades y propuestas del conjunto de la sociedad, más allá de cualquier consideración referida a la defensa del gobierno.

Soy de los que piensa que el Frente tiene que ser, mucho más que un escudo del gobierno, un escudo de las transformaciones sociales profundas que impulsamos como fuerza de izquierda. Y esto implica que tendremos que movilizar un fuerza en donde las discusiones no queden reducidas a ver cómo generamos las condiciones para ganar un plebiscito con los electores cada 5 años.

Esos cambios profundos requieren de un tipo de movilización social capaz de impulsarlos desde la base. Serán cambios con la gente o no serán. Y para ello no alcanza con un gobierno, se requiere sumar miles de voluntades capaces de alterar los statu-quo que llevan inexorablemente al freno de las transformaciones.

Estoy convencido de que las elecciones que tenemos por delante nos permitirán hacer de la crisis una nueva oportunidad para seguir convocando a nuestra sociedad de forma amplia y diversa para así recrear, una vez más, esta fuerza política única en el mundo.