La paternidad es una vivencia profundamente transformadora para mí. Lo supe desde el nacimiento de Julián como algo que se revelaba, como una verdad que estaba allí.

También supe que esto nuevo significaba un crecimiento que seguramente ninguna otra experiencia anterior igualaba. Confié y creí que esa nueva vida, al comienzo tan dependiente de su madre y de mí, nos abriría puertas, nos impulsaría a un crecimiento espiritual.

Y sí, las estaciones van pasando, y llegan los inviernos y los renacimientos, y los hermanos (de sangre y de la vida), llegan los descubrimientos, los miedos, las frustraciones, las broncas… También pasa, que en un instante algo que acontece nos imprime y recuerda lo frágiles que somos.

A veces, a duras penas, vamos manejando nuestra propia fragilidad… y que desafío de la vida convivir con la fragilidad de nuestros hijos.

Ariel Gold nos recordaba que la sobreprotección es un forma de maltrato. Los que estamos llamados a transitar procesos como padres deberíamos recordar que educar es un acto de amor en donde nos transformamos junto con nuestros hijos y que más allá de lo que pongamos en juego seguiremos siendo (nosotros y ellos) frágiles.